"Lealtad" (Cuento Propio)

La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados. Por la forma en que ésta trata a sus animales”.

Gandhi. Abogado y político indio.

Mi nombre es Ángela. Vivo en el barrio porteño de Flores y la siguiente historia es acerca del amor, el cariño y la lealtad que recibí por parte de un hombre y de un... perro. Yo vivía con mi abuelo, llamado Francisco, quien se caracterizaba por ser un hombre duro y regio, pero siempre predispuesto y de buen corazón. 
Debido a su edad, tenía algunos problemas de corazón y, lamentablemente, padecía de un cáncer muy severo que lo tenía en cama para mantenerse en reposo.
Muy triste fue cuando su situación se torno tan delicada que tuvo que ser transferido al hospital más cercano. Mis nervios y mi ansiedad que aguardaban conmigo se vieron interrumpidos por mis llantos y angustia cuando el doctor me dijo que no había nada más que hacer, solo era cuestión de tiempo y lo mejor era terminar con su estado para que no sufriera más.
El amable doctor me dejo verlo para poder despedirlo por última vez, y nos dejo a solas para tener privacidad. Las lágrimas no me permitían hablar mucho, lo único que pude hacer es abrazarlo, darle muchos besos y decirle que la vida fue muy injusta, que lo amaba y que siempre lo llevaría dentro de mi corazón. Mi abuelo, casi sin voz ni fuerza, me respondió que me amaba con toda su alma y que siempre me cuidaría, sea cual sea la forma. 
Horas más tarde falleció en paz y sin dolor. Yo creía que mi vida ya no tenia sentido, me había quedado totalmente sola, pues el era la única familia que me quedaba. Pero lo que sucedería después, me recobraría el espíritu.
Algunos días más tarde, mientras iba al supermercado, encontré a un pequeño perrito asustado y con mucho frió. Me apenó tanto que decidí llevarlo hasta mi casa, darle un poco de agua, algo de comer y algunas caricias, acciones que me agradecía con un meneo de cola y saltos de alegría. 
La mañana siguiente me encontraba en mi casa limpiando algunas cosas y viendo una película romántica. Como es de costumbre, siempre trato de hacer varias tareas juntas: dejar cargando agua para regar las plantas, la cafetera trabajando y la bañera con el agua abierta para que se vaya llenando y, como mi cabeza estaba metida en varias cosas, la ducha sobrepaso los limites y inundo todo el baño. Como tenía algunos enchufes cerca, hubo un pequeño cortocircuito y, por desgracia, una inevitable explosión.
Justo cuando entre para comprobar que pasaba, una segunda explosión impactó directo contra mí, dejándome casi inconsciente en el suelo.
La desesperación y el miedo se apoderaban de mí, cuando el fuego y el humo se propagaban por toda la casa, y yo no tenía ni fuerzas para levantarme.
Mi respiración comenzó a disminuir y mi vista estaba casi nula. Cuando pensé que ya no había salida, fue ahí cuando el perro, el mismo que había salvado, tuvo la lealtad y valentía de atravesar las llamas del fuego y arrastrarme hasta la puerta para luego salir hacia la calle a ladrar y advertir a los vecinos.
Los bomberos y ambulancias no tardaron en llegar. 
En cuestión de minutos, todos ya estaban brindando su ayuda. Mi casa había quedado completamente destruida. 
Ya estando a salvo y fuera de peligro, sentada en la camilla no sacaba mi mirada de aquel perro. Si no fuera por él, no estaría viva. 
Mientras lo acariciaba lentamente, un grupo de ancianos se acercaron a mí y me dijeron que el perro les pertenecía y que lo habían reconocido por la televisión cuando vieron el accidente del incendio.
No tuve otra opción más que entregarlo. Le di las eternas gracias y lo despedí con mucho cariño.
Mientras se alejaban, me acorde que no tenia idea de cual era el nombre de mi pequeño salvador. Por lo tanto, le pregunte amablemente a sus dueños e instantáneamente los llantos volvieron hacia mi.
El perro, cuya lealtad y amor salvaron mi vida, se llamaba simplemente... Francisco.